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María Fernanda, una mula del narcotráfico que cayó en desgracia

 

Una dramática historia de una joven colombiana cargada con drogas en el estomago en un viaje a Nueva York

 

Ella es una de las miles de mujeres que intentan cruzar las fronteras para ganar dinero, en una realidad que no deja de suceder.

La agente del DAS la miró con fijeza, analizó su ropa, su manera de caminar, el grosor de sus zapatos, sus gestos, y la dejó pasar. "Siga, señora. Buen viaje". Era el último escollo. O el penúltimo.

María Fernanda avanzó una treintena de pasos más, casi tambaleando, con una mano en el estómago y un ahogo breve, apenas perceptible, como de canario sin voz. Se agarró del brazo de su esposo y le rogó -aun a sabiendas de que eso significaba mandar al traste sus sueños millonarios- que se devolvieran. Tenía los ojos quebrados por decenas de diminutas vetas rojas, y ya no eran verdes como una media hora atrás, sino que tenían un sedimento de vino viejo.

-Estoy mal. No puedo. Y falta mucho.

Seis horas, exactamente. El avión de Avianca que los llevaría hasta Nueva York estaba frente a la sala de espera en el muelle internacional del aeropuerto El Dorado, y ambos habían superado ya los controles de la Policía, el DAS, la aerolínea e inmigración. María Fernanda cargaba 60 cápsulas de 10 gramos de heroína en su estómago, y él una cantidad igual. Era el cuarto viaje que hacían en cinco meses, y esta vez la droga la habían comprado ellos mismos. Devolverse significaba la ruina. Pero ella se dobló en sus brazos y le pidió que la sacara pronto.

Salieron del aeropuerto sin reclamar el equipaje, tomaron un taxi y buscaron un hospital. Cuando llegaron, María Fernanda perdió la lucidez y entró en estado de shock, y quedó aniquilada en el piso. Los médicos la subieron a una camilla, y la internaron con los ojos fuera de sus órbitas en la sala de urgencias. Con furia le pidieron a su esposo Hélmer que les confesara qué había comido ella. Él se negó a confesar.

Quince minutos más tarde le confirmaron que su estado era crítico y que estaba a punto de morir. "Heroína. Tragó heroína. Seguro se le reventó una cápsula. Ambos nos tragamos 60 pastillas", les dijo, con los ojos invadidos de lágrimas. A Hélmer, presa de los nervios, lo internaron de emergencia y lo salvaron. Luego fue a parar a la cárcel Modelo.

María Fernanda se les fue. "Se murió", alcanzaron a gritar. Para revivirla, tuvieron que aplicarle tres tandas de choques eléctricos que le quemaron la piel del pecho y le abrieron cicatrices hondas. La joven, que solo tenía 19 años, asegura que se desprendió del dolor y de sí misma, y que flotó por un túnel de luz placentero, hasta que una razón más poderosa que ella la hizo regresar: "Mis dos hijos me llamaron". Los médicos alertaron que para ese momento se le habían explotado tres cápsulas.

Negocio con su esposo

Despertó en la cárcel de El Buen Pastor. Con la mente emborronada y sin poder caminar por la debilidad extrema, comprobó que lo que había vivido se repetía en chinas, africanas, estadounidenses y colombianas. A modo de exorcismo, todas agradecían haber sido capturadas en Colombia, donde las penas eran menores, y no en Estados Unidos, donde las condenas superan los 10 años. Sin embargo, nadie había vivido en tan poco tiempo y con tal vertiginosidad como ella.

En menos de un año, su vida había girado como un reloj de arena. A ella y a Hélmer los contactaron en Pereira, en un bar, y les propusieron que se ganaran en un viaje la plata para sacar adelante a su familia. María Fernanda había quedó embarazada a los 16 años y a los 18 tuvo su segundo hijo. Vivía apretujada con su esposo en un cuarto que su propia familia le había cedido, pero aún así sacaba tiempo para rebuscarse el dinero con la venta de cremas. Lo que les propusieron les sonó fácil.

Tenían que viajar a Curazao y entregar un encargo de cocaína que llevarían en el estómago. Aceptaron con la convicción de que era un trabajo sencillo, y fueron los dos para despertar menos sospechas. Para poder partir, acudieron a una 'clase' dictada en una casa en la periferia, en la que les enseñaron a tragarse trozos de zanahorias, salchichas y uvas sin masticar.

Les advirtieron que dos días antes de viajar tendrían que suspender la ingestión de alimentos sólidos y concentrarse en tomar solo caldo de pollo. Y les recomendaron llevar una bolsa escondida para botar la comida que les dieran en el avión, y evitar así el ojo avizor de las azafatas, que en ocasiones denuncian a los que evaden la comida. En el viaje les fue tan bien que un mes después se embarcaron de nuevo. Ya se habían gastado el dinero.

Y lo hicieron otra vez más. Los dólares les llegaron a manos llenas, y fue tanto y tan nuevo, pero a la vez tan escurridizo, que decidieron montar su negocio propio y hacerse millonarios de una bendita vez. María Fernanda dudó en ese instante: su organismo, atosigado de laxantes y de purgantes para botar la droga, había tenido muy poco tiempo para recuperarse. Pero la ilusión de un último y jugoso viaje la hizo olvidarse del peligro.

Con el dinero ganado, compraron en el mercado negro la droga y a través de los comerciantes hicieron contactos para llevarla a Nueva York y ganar una mayor tajada. Ya no cocaína, sino heroína. Compraron guantes quirúrgicos y les cortaron los dedos para hacer las cápsulas, y los recubrieron como con tres capas, dos de guantes y una de papel carbón, para despistar los rayos X. Tampoco esa vez María Fernanda pudo superar el asco al sabor químico del látex, y sintió nauseas durante las cuatro horas en que se dedicó a tragarse las cápsulas.

Amarradas con seda dental y sumergidas en cera de abejas, reposaron en el estómago esa madrugada. Sin poder dormir bien, llegaron al aeropuerto vestidos como las otras veces, comunes y corrientes, con una tranquilidad pasmosa y una capacidad de mentir de profesionales. Sus hijos se habían quedado en Pereira y su familia no sospechaba nada. Todo salió a pedir de boca. Pero cuando María Fernanda hizo la fila para entrar a inmigración, sintió que el estómago se le quebraba en dos.

Y la vida también.

Aún con las cicatrices sin sanar, dos semanas más tarde comenzó a contar en su celda los días que le faltaban para cumplir su condena, que sería de cuatro años. Con dolor, envió cartas a sus hijos en las que decía que pronto volvería de su viaje. Ambos niños olvidaron llamarla mamá. Ella, para no perder la razón, leyó a Coelho, estudió con una pasión que no había tenido nunca y procuró olvidar a su esposo. Tenía el corazón astillado y las primeras arrugas en los ojos de tanto llorar.

Cuando salió de prisión, a los 23 años, vio la calle larga que conduce a la cárcel, y no quiso correr para no gastarla. De nuevo lloró, pero no solo de felicidad, sino también de desconcierto: "Yo que crucé controles, aeropuertos y hasta la muerte, no veía la hora de cruzar esa calle y ver a la vida del otro lado".

 

U.S. Inter Affairs  - Volver a la página principal -

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