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Miles de africanos se juegan la vida en el Mediterráneo en busca del sueño europeo

En lo que va de este año, han sido interceptadas unas 8.000 personas que intentaban llegar a España desde África. La mayoría no sabe nadar.

Son las nueve y media de la mañana de un lunes festivo en la playa de La Joya, Torrenueva, a 5 kilómetros de Motril (Granada). La gente disfruta de un sol aún tolerable y de un apacible Mediterráneo cuando la calma es interrumpida por el ruido del motor de una lancha neumática tipo zodiac con más de 40 personas a bordo que en cuestión de minutos desembarcan en la playa y se dan a la fuga.

La Guardia Civil recibe la alerta desde el celular de uno de los veraneantes sobre las 9:45 y se pone en marcha un operativo de búsqueda en que participan 10 guardias civiles, 6 policías nacionales y 2 policías municipales. Todo el recurso humano disponible en ese momento. Pero el operativo concluye a las dos de la tarde con sólo ocho capturados. Esta vez los inmigrantes han ganado la partida.

España vive una auténtica invasión por mar de miles de inmigrantes que arriesgan sus vidas cruzando el Mediterráneo desde la costa africana en frágiles embarcaciones atestadas de gentes que buscan colarse ‘al paraíso europeo’ para lograr un trabajo que les permita ayudar a sus familias.

Ya van 8.000

En lo que va de este año ya se ha interceptado a más de 8.000 personas que intentaban entrar a España por medio de ‘pateras’, como se conoce aquí a estas embarcaciones. Y nadie sabe cuanta gente lo ha logrado, ni cuantos han muerto en el mar intentándolo.

El área de Motril se ha convertido en el principal punto de llegada de pateras en toda la península ibérica (de toda España es Fuerteventura, en las Islas Canarias). Sólo el fin de semana pasado llegaron seis embarcaciones con al menos 250 personas.

La Cruz Roja se ha visto obligada a montar una unidad de emergencia en el puerto de Motril para brindar atención medica y humanitaria a los inmigrantes que llegan cada vez en mayor número: 1.272 en lo que va de este año, el doble que el año pasado a estas fechas, según cifras de la Guardia Civil de Motril. Y lo peor está por venir, ya que la ‘temporada alta’ apenas empieza.

La causa de este flujo hacia Motril es ‘tecnológica’: la zona queda bastante lejos del estrecho de Gibraltar -donde sólo hay 14 kilómetros entre costa y costa- pero esta es la parte de España más próxima a Marruecos en la que aún no se ha instalado el efectivo SIVE: el sistema de vigilancia con radares que España está colocando en toda su costa andaluza con apoyo financiero de la Unión Europea.

Por eso María Ángeles Hernández, responsable de la unidad de Cruz Roja en el puerto de Motril, cuenta: “hay noches en las que podemos tener dos y hasta tres pateras”.

‘Se hunden como piedras’

La Cruz Roja funciona con 60 voluntarios. Nadie cobra un sólo euro, están disponibles las 24 horas y sus relatos sobre esta tragedia humana son espeluznantes.

“Yo he sacado gente que se estaba ahogando a cinco metros de la orilla, la mayoría no sabe nadar y se ahogan con una facilidad impresionante. Cuando caen al agua se aferran a su bolsita y se hunden como piedras, ni siquiera luchan. La mayoría no había visto jamás el mar”, cuenta ‘el abuelo’, uno de los voluntarios.

El teniente de la Guardia Civil Santiago Martín, a cargo de los operativos de búsqueda de inmigrantes en la zona, confirma que el momento de mayor peligro es cuando la interceptación se produce cerca de la costa. “La desesperación de ver que te han atrapado justo cuando estas a punto de lograrlo, lleva a que mucha gente se tire al agua y ahí son muchos los que se ahogan, porque aunque sepan nadar, vienen muy cansados”.

Un viaje que en condiciones ideales puede durar 24 horas, pero puede ser de hasta tres y cuatro días. Todo depende del mar, el motor y el conocimiento de quien lleve la embarcación. “Navegan sin instrumentos, así que navegar en ‘eses’ es muy fácil”, dice Hernández.

A Alfonso, otro voluntario de la Cruz Roja, no lo conmueven tanto los cadáveres (ya ha visto tres este año), sino la mirada de los que rescata: “es una mirada dura. Una mezcla de miedo, de clamor por ayuda, de tristeza e incluso de rabia. Una mirada muy extraña que me sigue conmoviendo”.

Y añade: “50 personas en una zodiac de 8 metros y con un motorcito de 25 caballos cruzando un mar que puede ser muy traicionero, es algo que no puede entenderse sino desde la desesperación”.

Campesinos, en su mayoría

El 61 por ciento de las 47 embarcaciones detectadas este año en la zona de Motril han sido interceptadas en el mar gracias a patrullajes constantes, vigilancia costera y avisos de barcos mercantes.

El sábado 14 de agosto, a las 11 de la noche, este corresponsal es testigo de la llegada al puerto de Motril de una patrullera de la Guardia Civil con 32 inmigrantes sobre su cubierta. Todos marroquíes (aunque cada vez llegan más subsaharianos). Todos hombres de entre 18 y 40 años que podrían ser perfectamente campesinos del Espinal (Tolima). Todos bien vestidos y en el más absoluto silencio. Un silencio de resignación y sin oponer la menor resistencia. Sólo un joven se atrevió a gritar algo en árabe ante una cámara de televisión.

La primera atención es un chequeo médico. Las emergencias médicas más comunes son por hipotermias, deshidrataciones y quemaduras. “Dentro de las pateras vienen petacas (bidones) con gasolina que suelen derramarse, y la mezcla de gasolina con agua de mar produce una reacción química que los quema fuertemente. Hemos llegado a tener gente con quemaduras de tercer grado”, explica Hernández

Pero los que han llegado a puerto están bien. Es verano y la mar en calma. “En invierno es mucho peor”, cuenta Gerardo Ruiz, jefe de seguridad ciudadana de Motril. “Vienen muy mal: mojados, helados. Y eso potencia el drama psicológico: ‘nos hemos gastado todo lo que teníamos, nos hemos jugado la vida y ahora nos van a devolver’. Es un drama humano muy fuerte. Y un drama familiar, porque detrás de cada persona de estas está los ahorros y las esperanzas de familias enteras”.

Gente tranquila, pero...

Tanto voluntarios de la Cruz Roja como miembros de la Guardia Civil coinciden en que normalmente los inmigrantes son gente tranquila. Pero toda regla tiene sus excepciones.

Fran, voluntario de la Cruz Roja, cuenta que cuando la mar ha estado fuerte, y han estado a punto de naufragar, “agradecen mucho el rescate y la ayuda que les damos”. Pero que cuando la mar está tranquila, puede haber “gente cabreada”: algunos no reciben la comida, gritan ‘Alá es Grande’ o lanzan insultos contra España.

Rocío (otra voluntaria) cuenta que ya son varios los que le han dicho que “Granada y Andalucía son de ellos, y no de España, y que ellos vienen a por lo suyo (Al Andaluz)”.

Y un día a Fran le soltaron la siguiente perla: “nosotros venimos en patera, pero ya veréis como os vais vosotros”.

Piedras y emboscadas

El teniente Martín ha participado en decenas de persecuciones en tierra y cuenta que el grueso de las capturas se realizan sin violencia. “La gente que viene no son delincuentes, son personas que vienen buscando una oportunidad, un trabajo”. Pero también cuenta que el año pasado hubo problemas con la amnistía carcelaria decretada con motivo de la boda del rey de Marruecos, ya que “vino mucha gente de las prisiones y tuvimos muchas agresiones”.

“Nos atacaban con piedras e incluso, se dio el caso de dos compañeros que conducían a un grupo de cuatro detenidos y que fueron emboscados por otro grupo de inmigrantes que pretendían liberar a sus compañeros. Hubo momentos duros”.

Aunque el oficial también recuerda el caso de un inmigrante que, al ver que un oficial se había herido persiguiéndolo, se devolvió para darle una mano.

Las anécdotas tampoco faltan. En la Cruz Roja todavía recuerdan a un inmigrante que venía con saco y corbata. “Parecía un ejecutivo”, dijo un voluntario.

Pero la nota característica de las persecuciones en tierra es el drama. Los que tocan tierra emplean las pocas fuerzas que les quedan en intentan salir de la playa lo más rápido y lejos que sea posible, y luego se esconden, porque saben que va a empezar la búsqueda.

El teniente Martín, cuenta que han encontrado gente hasta dentro de cactus espinosos. “Cuando se ven atrapados, algunos se te tiran a los pies y te suplican que por favor no los envíes de vuelta a su país. Es fuerte, especialmente cuando te encuentras con menores de 10 o 12 años. Te imaginas a tus propios hijos, niños que en vez de estar en la escuela tienen que arriesgar su vida para hacerse un futuro mejor. Pero tenemos que cumplir con nuestro deber”.

Tan rentable como el hachís

Detrás de todo esto hay un lucrativo y creciente negocio que se calcula, mueve tanto o más dinero que el tráfico de hachís.

Una prueba es que las pateras hace rato que dejaron de ser de madera: ahora son zodiac con motores fuera de borda que sólo se usan una vez, pues el viaje cubre su costo y deja ganancia. Incluso, la norma tras tocar tierra, es hundirla, para no dejar rastro del desembarco y así no disparar el operativo de búsqueda.

El precio del viaje depende de la distancia a recorrer y de las condiciones. El teniente Martín habla de que se puede hacer hasta por 400 euros. Y que cada vez son más las personas que pagan una parte en Marruecos y luego el resto acá, con trabajo, a las mafias que los han traído.

Pero la prueba más elocuente del enorme negocio en que se ha convertido este tráfico humano es el ‘bono patera’: un sistema que consiste en pagar entre 1.200 y 1.500 euros por el viaje, pero con derecho a tres intentos. Esto, gracias a que todo marroquí capturado es devuelto en un plazo de 12 a 48 horas a su país.

Por eso la Guardia Civil y la Cruz Roja tienen ya ‘viejos conocidos’: gente a la que han capturado o atendido 5, 6 o más veces.

Ley del silencio y secuestros

Las mafias están protegidas por una férrea ley del silencio. Los voluntarios de la Cruz Roja aseguran que en cada patera viene un patrón, pero al ser interceptados éste se mezcla con los inmigrantes y nadie lo delata.

En España hay cárcel para estas personas, pues se les considera traficantes de seres humanos. Pero el silencio reina por poderosas razones: primero, el inmigrante ha dejado atrás una familia que podría sufrir represalias; segundo, si ha sido capturado será repatriado y podrían buscarlo a su llegada a Marruecos y, por último, esa persona necesitará volver a embarcarse, y nadie va a transportar a un delator.

La mafia es de tal envergadura que hace poco la Guardia Civil tuvo que montar un operativo especial para liberar a una persona que llegó en una patera y fue recogida en tierra por sus contactos, pero en vez de ser trasladada a algún campo de trabajo, fue secuestrada. Los plagiarios le pedían 3.000 euros a los familiares de su víctima en España.

Hernández, de la Cruz Roja, sabe muy bien lo que hay que hacer para parar la avalancha: “Es claro que hay que actuar allá. Ayudarles. Que la gente no se tenga que jugar la vida para poder alimentar a los suyos”.

Pero el problema es que ese ‘allá’ va más allá de Marruecos. Este viernes las policías de España y Sierra Leona impidieron que zarparan de ese país africano dos viejos barcos con más de 1.000 inmigrantes ilegales que iban con rumbo a las Islas Canarias. Porque la gran desventura de España es tener que ser línea de contención en un problema de dimensiones globales: más de tres cuartas parte de la humanidad vive en la más absoluta pobreza.

Claves y datos del problema

-Más de 90 por ciento de los que llegan son magrebíes, fundamentalmente marroquíes, pero el numero de subsaharianos crece: especialmente de Mali, Gambia, Guinea, Mauritania, Costa de Marfil y Sudán.

-En el 96 por ciento de los casos son hombres.

-Las mujeres que vienen con sus hijos casi siempre son subsaharianas. Este año han llegado 183 menores

-Van 49 muertos contabilizados. Los cuerpos que aparecen lo hacen en redes de pescadores o en las playas. Pero la mayoría desaparece en el fondo del mar.

-Todos traen un teléfono celular para contactar amigos, familiares o a las mafias que los introducen al mercado laboral clandestino en España.

-El negocio comienza a traspasar las fronteras de África: el viernes, 58 hondureños fueron detenidos en Marruecos cuando iban a zarpar en una patera rumbo a España.

-Han llegado pateras con motores de 12 caballos de fuerza, pero la mayoría usan motores de 25 o 40 caballos. Suelen medir entre 5 y 8 metros, y pueden transportar hasta 50 personas. Aunque la media es 40.

-Los subsaharianos viven una doble tragedia. Muchos o no tienen papeles o no dicen de donde son para evitar la deportación. Eso hace que se queden en España con orden de expulsión, es decir, en un limbo jurídico y sin posibilidad alguna de obtener papeles.

-Cada inmigrante recibe, además de atención medica, alimentación y un juego completo de ropa (incluidos zapatos) antes de ser deportados, todo gracias al Estado español y a donaciones que recibe Cruz Roja.

-Todos los inmigrantes traen dinero. Normalmente de su país de origen. Y suele suceder que algunos inmigrantes magrebíes traigan algo de hachís para pagarse sus gastos mientras consiguen algún trabajo.

-“Los subsaharianos son personas muy educadas, dan las gracias por todo, son muy agradecidos”, cuenta una voluntaria de Cruz Roja

 AP News

 

 

 

 

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